Plácido abre los brazos y abraza al estadio entero

Más de 20 mil asistentes en el concierto Plácido Domingo le canta a Sonora

 

Astrid Arellano/ISC

 

Hermosillo, Sonora, 12 de octubre de 2016.- Esta es una noche histórica para Hermosillo: el estadio de béisbol está más lleno que en final de temporada de los Naranjeros. La gente llega, llega y no para de llegar, busca entre miles y se acomoda en su respectivo asiento, porque hasta el pasto del diamante está lleno de sillas y la hace de gradas. Espera. Esta es su noche.

 

Los instrumentos ya en posición sobre el escenario. Silencio. Esperan también. Luego, a la orden del director concertador Jordi Bernácer, Giuseppe Verdi regresa a la tierra a través de la Orquesta Filarmónica de Sonora, suena –y resuena a lo ancho del Estadio Sonora– como nunca, en la primera pieza. Esta es su noche.

 

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De un costado del escenario, sin más preámbulo, aparece el tenor. El t-e-n-o-r, está en tierra sonorense y le canta. Plantado sobre el escenario, Plácido Domingo abre los brazos y con ellos abraza al estadio entero. Abraza y besa calurosamente, de cerca y a la distancia, generoso como es, a cada uno de los presentes.

 

Hincha el pecho, abre grande la boca y en un solo beso y abrazo, ama a toda la gente, como dicta la ópera de Giordano que ahora canta. La noche, nuestra noche, ha iniciado. Domingo interpreta el repertorio programado: solo, a dúo, en trío o en compañía del coro de másdeveintemilalmas.

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Así, con la emoción de la primera vez que se escucha algo inusitado, transcurre el convite; canción tras canción, Domingo y los artistas invitados –Ana María Martínez, Plácido Domingo Jr. y el sonorense Arturo Chacón, además de David Hernández Bretón, director titular de la Orquesta– nos transportan a otras épocas, a otras melodías.

 

Las sensaciones van in crescendo de lo clásico hasta detonar en lo popular: Juan Gabriel, el inevitable Juan Gabriel, es entonado. Chacón, nuestro orgullo sonorense, interpreta Amor eterno. Inolvidable.

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Llegamos al encore: el mariachi Gama 1000 hace su sorpresiva aparición. Más sorpresivo aún resultó encontrarnos con un Plácido Domingo enfundado en un traje de charro: Se me olvidó otra vez, a todo pulmón.

 

La Orquesta no puede contenerse y golpea el piso con los pies clamando: ¡otra, otra, otra! Sonora querida, la infaltable; Las mañanitas solicitadas al tenor fueron también, en honor del 74 aniversario de nuestra alma máter, la Universidad de Sonora: y “¡que viva la Unison, ayayay!,” gritaron desde un lejano asiento.

 

De las manos de un grupo de niñas y señoras migrantes de la etnia triqui, asentado en el Poblado Miguel Alemán, Plácido y sus acompañantes reciben ramos de flores, besos y agradecimientos por la gran labor que se está por iniciar: la construcción de la casa hogar y centro estudiantil para infantes y adolescentes hijos de jornaleros migrantes, resultado de los fondos recaudados en este concierto.

 

Ellas, con sus hermosos huipiles rojos y listones de colores, flores en el cabello, grandes sonrisas, zapatos gastados, no contienen la emoción. Nadie puede contenerla: el estadio, Hermosillo y sus alrededores; todos los ojos están en el escenario, todos de pie, todos en un solo aplauso.

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